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La variedad de temas a los que se enfrenta el traductor audiovisual y la necesaria adaptación de referencias culturales la convierten en una rama singular de la traducción.

Me considero afortunada por dedicarme a esta profesión. Me gustan todas y cada una de las tareas que exige, documentarme, traducir, crear glosarios, relacionarme con mis clientes y llevar la contabilidad. Todo ello hace que me sienta una solitaria mujer orquesta. Sin embargo, desde el otro lado del monitor, entro en contacto con multitud de personas, clientes y compañeros de profesión, con quienes comparto mi amor por este trabajo. Un trabajo sin duda creativo y estimulante, aunque también en la sombra, pues, como se suele decir “la mejor traducción es aquella que no parece una traducción”.

Ese es mi empeño, interpretar y adaptar a nuestra cultura obras audiovisuales que, en principio, se crearon para un público bien distinto, pero con un objetivo universal: entretener, informar, divertir o conmover.